No necesitamos más influencers

Por Juan Pablo Proal


Vi un anuncio en Facebook ofreciendo un curso dirigido a padres de familia que prometía hacer que sus hijos se convirtiesen en influencers. La publicación tenía cientos de comentarios de progenitores interesadísimos, planteando sus dudas y pidiendo informes, escena que me provocó, para ser completamente francos, cierto grado de repulsión.


¿Una mamá interesada en que su hijo sea influencer? Así de podrida está la situación.


Este anuncio no es un hecho aislado. Conozco a no pocos adultos o menores que tienen la aspiración de lograr el sueño de estos días: Ser famoso y contar con miles o millones de seguidores.


El hecho de querer ganarse un lugar en la sociedad no es reprobable; al contrario, es parte de nuestros genes como simples mortales. No nos resignamos a que somos pasajeros, queremos dejar huella, trascender, que le digamos al mundo que por aquí caminamos. El problema radica en lo que representa ser influencer.


Con las excepciones correspondientes a la regla, un influencer es alguien que tiene alguno de los siguientes méritos: Un cuerpo tonificado, mucho dinero, alguna gracia boba, y/o un estilo de vida extravagante. Son famosos no por sus ideas con respecto a la sociedad, sus obras de caridad, sus emprendimientos o investigaciones científicas; su fama radica en que logran exhibir sus carnes en países recónditos a bordo de un yate o un avión privado.


Presumen sus lujos mientras millones mueren en la pobreza. Está comprobado que la riqueza que hoy desbordan algunos alcanzaría para erradicar definitivamente la miseria. Pero eso no le importa al influencer ni a sus seguidores, claro está. Ellos quieren hacer eco de su magnificencia y ser admirados por ello. Y lo logran porque estos son los estándares de nuestra época.


No vivimos en un tiempo donde la prudencia, la mesura, la frugalidad, la generosidad, la humildad, el conocimiento o el trabajo duro sean dignos de admiración. Los cuerpos, las caras, los billetes y los seguidores son lo que valen para la sociedad de hoy. Y ahí radica lo terrorífico de una generación cuyo principal sueño es convertirse en influencer.



Vamos hacia un mundo gobernado por narcisistas e integrado por legiones que no tienen otra ambición que aspirar a ser como sus líderes. En este panorama no es posible imaginar un futuro más justo, más empático, más sensible, más humano o elevado; por el contrario, nos espera la dictadura de los vanidosos, los egoístas, los insensibles, los desechables, los utilitarios.