El cliente no siempre tiene la razón

POR JUAN PABLO PROAL


El cliente siempre tiene la razón” es una frase popular que conlleva una carga punitiva para todos los que nos dedicamos, de una manera u otra, a vender nuestros servicios profesionales. El cliente puede ser prepotente, déspota, necio y hasta grosero, pero ay de ti que como dueño de una empresa en algún momento respondas con un tono que denote cierta molestia, porque te conviertes automáticamente en un irresponsable que no tiene interés de cuidar su negocio y, por lo tanto, perderás a tus clientes.

El problema principal radica en que la gran mayoría de nosotros somos clientes y dueños de negocio a la vez. Ya sea como propietario de una empresa grande o chica, trabajador independiente o vendedor de algún producto, estamos inmersos en este círculo humano. Es decir, el búmeran siempre regresa.

México ocupa el primer lugar mundial por estrés laboral, con el 75 por ciento de su población bajo este padecimiento, de acuerdo con la Organización Mundial de la Salud. Esto quiere decir que la gran mayoría de todos nosotros trabajamos en condiciones terribles para nuestra salud física y emocional. Los clientes sádicos tienen un primo hermano en los jefes que ejercen una presión desmedida bajo sus empleados.

Estamos acostumbrados a trabajar presionando al otro, regañándolo, demeritándolo, y amenazándolo con que si no cumple en la forma y momento que nos satisface, buscaremos otro empleado o proveedor.

Desde luego, cada regla tiene una excepción. Es comprensible que nos molestemos con alguna empresa o proveedor cuando incumplen algún trato, nos entregan un producto en pésimas condiciones o con un empleado que se ausenta a su trabajo o cotidianamente se desempeña en condiciones reprobables.

Sin embargo, estoy seguro de que la gran mayoría de los emprendedores y los trabajadores tenemos el deseo de conservar a nuestros clientes o empleo para poder pagar las cuentas, mantener a nuestra familia y estar tranquilos.

Debemos hacer conciencia, como jefes y como clientes, de que cada grito, cada maltrato, cada exigencia desproporcionada, es un atentado contra la salud de nuestros semejantes. Que cada reclamo iracundo que lanzamos es un dardo que va directo al corazón de alguien más. Propiciar un entorno laboral más empático, paciente y amoroso.

Nos hemos acostumbrado a que el mundo de los negocios es una guerra despiadada, una competencia en la que solo los más fuertes triunfarán. Pero olvidamos que somos seres humanos con sentimientos frágiles y cuerpos que requieren armonía para dar buenos resultados. Que no todos son guerreros imbatibles.

Impulsemos una economía más solidaria, más humana. No seamos los verdugos de nuestro prójimo. Debemos eliminar de nuestra mente la idea de que, como clientes o como jefes siempre tendremos la razón, porque no es así: Somos humanos, nos equivocamos todo el tiempo.